Ese resentimiento soterrado

Hoy se cumplen 25 años del estreno de El silencio de los inocentes, una película que disfruté mucho de chico y que con el tiempo se ha ido volviendo en mi memoria tan importante como Buenos Muchachos o Fuego Contra Fuego. La adaptación que hizo Ted Tally del libro original de Thomas Harris es estupenda, pero dejó fuera casi por completo uno de mis aspectos favoritos de la novela, que era la lectura de toda la intriga en clave de comedia social y choque de clases. Después de todo, Hannibal era un rancio inmigrante europeo y Clarice -se lo dice él mismo en su primer encuentro- “una buscona rústica, bien restregada, con un poco de buen gusto“.

Este fragmento de abajo corresponde a las meditaciones de Starling luego que la senadora Martin, madre de la chica secuestrada, la sorprende revisando la habitación de su hija.

“Starling sabía lo que diría el perverso doctor Lecter, y era cierto: temía que la senadora Martin hubiese visto en ella una cierta falta de clase, un aire de ordinariez, un punto de rapacidad, estímulos ante los cuales la senadora había reaccionado con desprecio. La senadora Martin, tan distinguida, la mala puta. El doctor Lecter disfrutaría poniendo de manifiesto que el rencor de clase, ese resentimiento soterrado que se transmite con la leche de la madre, era un factor determinante de la personalidad de Clarice. Starling no tenía nada que envidiar a ningún Martin en cuestión de formación, inteligencia, iniciativa e incluso atractivo físico, lo cual no impedía que el sentimiento existiese, como ella bien sabía. Starling era un miembro aislado de una tribu altiva que no poseía más árbol genealógico que el que proporcionan el cuadro de honor de la escuela y la ausencia de antecedentes penales. Muchos de los Starling, desposeídos en Escocia y expulsados de Irlanda por el hambre, se habían inclinado hacia oficios peligrosos. Cuántos se habían desgastado de ese modo, cayendo al fondo de un agujero o resbalando de un tablón con un balazo en los pies, o habían sido enviados a la gloria con un «toque de silencio» de madrugada, cuando sus restantes compañeros no tenían más deseo que irse a casa. Es posible que algunos de ellos fuesen lacrimosamente recordados por
algún que otro oficial en las noches de cantina, de igual modo que un borracho recuerda con emoción a un buen perro cazador. Nombres marchitos en una Biblia. Según le habían contado a Starling, ninguno de ellos había destacado demasiado, a excepción de una tía-abuela que se dedicó a escribir un prodigioso diario hasta que enfermó de meningitis. Pero no robaban. En América, ya se sabe, lo importante es la escuela, y los Starling, que lo habían comprendido de inmediato, se envanecían de ello. Uno de los tíos de Clarice había mandado que en su lápida grabasen el título de bachiller elemental.  
Durante los muchos años en que no tuvo otro sitio adonde ir, para Starling lo esencial habían sido las escuelas y su arma de choque los exámenes. Sabía que podía superar este bache, ser lo que siempre había sido y hacer lo que siempre había hecho desde que descubrió cómo funcionan las cosas; es decir, luchar para contarse entre los primeros de su clase y verse así aceptada, incluida, elegida y no rechazada”.

 

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